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La noche del Miedodio

La noche del Miedodio

Por  Casimiro Salidas

El 22N en la noche, cuando nos encerraron en el corral de nuestro propio miedo y de nuestro odio, cuando a partir de sus montajes lograron hacer aflorar la más obscena pasión de eliminar al otro, al supuesto invasor, al diferente, a los que vienen de los otros barrios, a los venezolanos esos, a los negros, a los indígenas, a esas mujeres, a los que no son yo, ni los míos, a los que vienen por lo mío, es decir, por mí (porque ya no sabemos distinguir entre los cacharros que tenemos y lo que somos)…El 22N, en el lapso de dos o tres horas nos hicieron cambiar las cacerolas por palos y machetes, nos hicieron pasar del canto, la risa y el saludo amable, al palo en mano para destripar al otro.

Por unas horas lograron en Bogotá lo que ha sido su ideal: una sociedad en la que todos estén enajenados en su propio “miedodio”, que aunque muy íntimo, y muy de cada uno, es al tiempo bien ajeno, porque es el del Señor, del amo, del líder con el que se identifican.
Ya sabemos que eso está ahí, en el seno de cada quien, que no se necesita mucho para hacerlo aflorar, que es muy fácil ser manipulados y que si esta vez el montaje con el que lo hicieron fue grotesco y se cayó ante todos los videos que mostraban a los “vándalos” comandados por la policía, muchos se resisten a aceptar la manipulación de la que fueron víctimas y prefieren seguir creyendo que los invasores, que “los pobres”, esos tan odiados, regresarán y que el líder vendrá a salvarlos, el ejército, la policía, el papito todopoderoso de la infancia. Muchos prefieren seguir encerrados saboreando su “miedodio”.

Esa noche nos hicieron vivir su sueño. Por unas horas fuimos los objetos con los que realizaron su fantasía de tener una sociedad en la que cada uno se arme a defender su propiedad privada, lleno de furia, bien macho. Por unas horas lograron su meta, su ideario político, su sueño: por unas horas lograron su tan amada sociedad paraca.

Colombia no ha salido de ese trance. ¿Cuál es el país soñado? Eso es lo que está en juego. Nada más, pero tampoco nada menos.
Afortunadamente, al día siguiente las cacerolas no tardaron mucho en retomar su canto, afortunadamente amaneció.

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